El nombre de Billy Childish está inevitablemente asociado en mi cabeza con la imagen de una cara bonachona, de formas angulosas típicamente inglesas, con un generoso mostacho y un simpático sombrero a lo Sherlock Holmes. Una estética ligada a uno de los grupos que más me gusta: Thee Headcoats. Cuando los descubrí, gracias a una persona a cuya mina de vinilos debo la mitad de mi bagaje musical, desconocía todo lo que había detrás de esa figura. Durante mucho tiempo fue para mí sólo un excelente músico de garage. Pero si hay algo de bueno en este oficio es, más que poder escribir acerca de alguno de tus referentes personales, el poder aprender más cosas sobre ellos de las que imaginábamos. Hasta que me puse a buscar información en serio para este artículo, había considerado el trabajo de Childish fuera de la música como algo accesorio, una especie de complemento que hacía de la figura del músico algo más complejo, más interesante, pero sin la entidad suficiente para merecer una valoración independiente de su faceta principal.
 
En sus tempranos veinte, tomó la decisión de dedicar su vida a su arte. Se lo jugó todo a una carta para entrar en la prestigiosa escuela de arte de Saint Martin a través de una beca para jóvenes con talento. Sabía que, si no entraba, le esperaba una vida de trabajos sin calificación. Estamos en la gris Inglaterra de mediados de los '70. El Thatcherismo está a la vuelta de la esquina y en una juventud sin trabajo ni esperanzas de conseguirlo empieza a germinar la mala hierba del punk. Childish no es ajeno a ello y se une como vocalista a los Pop Rivets. Fue el primero (y quizás el menos representativo) de la larga serie de grupos obsesionados con el garage, el r'n'b de los '60 y el blues primigenio de los que ha formado parte.
 
Tanto en su música como en su trabajo artístico o literario ha demostrado una feroz independencia de criterio y una absoluta fidelidad a sí mismo a través de los años. Algo que siempre he valorado de su figura es su total indiferencia a las tendencias en cualquiera de sus campos de actuación. Sus canciones, igual que sus poemas y sus pinturas, se han mantenido básicamente sin alteración. De los Milkshakes a los Buff Medways, pasando por los Mighty Caesars, todos sus grupos han sido meros vehículos para la incontenible creatividad de Childish. Con cada uno de ellos ha publicado discos sin cesar, llegando a sacar varios en un mismo año.
 
A la hora de enfrentarse con la parte industrial del proceso creativo, la postura de Childish siempre ha sido la defensa de un cierto amateurismo casero. Todo lo que ha publicado ha sido bajo su propio sello y editorial casera, Hangman Books. Su forma favorita de grabar discos es en un fin de semana en el salón de su casa de Medway, todo en primeras tomas, en directo, con un par de micros y un DAT.
 
Como artista ha sido un defensor a ultranza del arte figurativo. Su ataque al arte conceptual comenzó ya en su etapa en la escuela de arte, lo que le costó la expulsión en 1981. Casi veinte años más tarde, fue uno de los fundadores del movimiento Stuckism, que abandonó dos años después aunque afirma sentirse identificado al 100% con sus objetivos e ideas. Actualmente, el movimiento cuenta con 130 grupos en 34 países.
 
Crítico como soy con el postmodernismo irónico y conformista, no puedo estar más de acuerdo con las ideas de Childish. En realidad, todo se reduce a "des-elitizar" la creación artística de la misma manera que el punk y el hardcore "des-elitizaron" la creación musical.
 
Billy Childish toca una vez al mes en el Dirty Water de Londres. Su nuevo grupo desde agosto del 2006 es Musicians from the British Empire.